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sábado, enero 10, 2015

La traición del diseño y la publicidad, parte 1

La historia del diseño siempre empieza con una frase como "desde el principio de la humanidad, los hombres han empezado a usar objetos". Se habla sobre la palabra "herramienta" como una extensión del cuerpo, y se dice que los dibujos encontrados en las cuevas son el primer indicio de comunicación gráfica, y por tanto, de diseño gráfico. Y en ese punto de la historia, todo estuvo bien. La sociedad evolucionó y se creó el intercambio, un trueque que equivaldría a un "mutualismo" desde el punto de vista biológico: yo te doy algo, y tu me das algo de un valor similar (conste que el concepto de valor es subjetivo, y depende de las partes intercambiantes). La comunicación se volvió mas rica, se creó la escritura, y blah blah blah.... toda la historia del diseño y la comunicación que se puede ver en casi cualquier libro de texto. Hasta que llegamos a la época de la revolución industrial y todo empieza a salirse de control.

En la época industrial, se producen articulos de manera masiva para "satisfacer necesidades humanas" y se comunica la construcción de esos articulos y sus beneficios, a través de la publicidad. Asumimos de antemano que todo aquello que nos genera dificultad es un "problema" y que debemos solucionarlo con un objeto o un sistema, y que dicho objeto o dicho sistema debe ser comunicado como el mejor para que la gente lo adquiera y lo use de manera repetitiva. De esta forma, los constructores del objeto obtendrán su ganancia, y el sistema económico seguirá su rumbo normal. En una economía ideal, esto funciona de maravilla, pero en el mundo real, con recursos finitos, seres humanos cambiantes y emotivos, infinidad de productos similares, y comunicación masiva, esto es simplemente un disparate. ¿Por qué? porque empezamos con la premisa de que problema es todo aquello que genera doficultad para el ser humano, o por lo que debe realizar esfuerzo. Caminar supone un esfuerzo, correr supone un esfuerzo, comer, hacer el amor, pensar.... ¿crearemos objetos para esto? ¿Para que supla la necesidad de caminar de algunos de nosotros? Si eres una persona con movilidad reducida, es correcto usar uno de estos aparatos, pero ¿Quién los usaría por pereza? Bueno, ya hay carritos para comprar en el super, por si no quieres caminarlo todo mientras haces tus compras.



Si uno hace un sondeo de la situación actual del mercado, se da cuenta que la inercia de muchos de nosotros, unido a, tal vez el miedo, tal vez la presión, o tal vez la falta de interés, han construído un mundo que parece empeñado en destruírnos más que en dar soporte a nuestra supervivencia, ayudarnos a mejorar como especie y permitirnos encontrar nuestro pleno potencial. ¿Por que? Prácticamente toda la comida que encuentras en el supermercado es artificial y con valor nutricional nulo, las grandes marcas de alimentos usan químicos cancerígenos para mantener sus productos conservados, y la publicidad ayuda a que consumamos más de estos productos porque "nos harán más felices" o "mas bellos" o "mas cool". La publicidad pasó de ser un medio de comunicación, a un medio de engaño, donde se crea un "estilo" o "sistema de subsistencia" y se induce al ser humano, a través de la persuación de sus deseos, a inscribirse a ese estilo, creándole de manera indirecta sensaciones de culpabilidad si no se encuentra ahí adentro, y por tanto, obligándolo a seguir una espiral de consumo que lo vuelve más obeso ( o delgado), más vulnerable, más inutil, y por tanto, más débil.

Y ni hablar del culto al cuerpo. Pero no el culto como valoración, sino el culto como apariencia. Queremos tener un "shape", una forma, cuando en realidad, esa forma proviene como consecuencia de un conjunto de hábitos saludables y una genética favorecedora en algunos casos. Pero tenemos expertos cirujanos que "crean formas" para "mejorar la autoestima de los pacientes". Es decir, la sociedad daña la estima de las personas, y estas recurren al bisturí para recuperarla... el problema no está precisamente en la forma deseada, sino en pensar que esa es "la forma" en la que debo tener mi cuerpo. ¿Cual es la forma en la que debo lucir para ser aceptado por otros? ¿Quién define que mi forma corporal determina mi relación con los otros? Y bueno, que uno al menos tuviera parámetros realmente existentes, pero aquello que uno tiene como "molde" no son más que una forma retocada por computador para que tenga unos atributos demasiado difíciles de adquirir. Entonces la publicidad crea un modelo áltamente difícil de alcanzar desde el punto de vista físico, lo reproduce infinitamente en todos los medios de comunicación, lo asocia con un estado de felicidad ("si eres así serás feliz") y luego persuade a la gente a sentirse miserable por no ser como ese modelo creado, obligándolo a pasar por el cirujano y por las tiendas porque no solo quieres ese resultado lo más rápido posible, sino con el mínimo esfuerzo... enfermizo, ¿no les parece? Hay 7 mil millones de seres humanos en el planeta tierra y contanto, y estas creaciones nos quieren convertir a nosotros en solo unas cuantas formas conocidas, y todo aquello que esté por fuera de eso, está "mal".



Pero el diseño industrial no se queda atrás. ¿Que tiene problemas para partir un limón? hagamos un producto para partir limones. ¿Y para partir naranjas? Otro. ¿Y para partir papas? pues otro. Y hagamos que se dañen a los 2 años para que debas comprar otro de cada uno. ¿Nylon? claro, podemos hacer una fibra que es capaz de arrastrar un carro, pero pongámosle una fibra más débil a tus medias para que se parta constantemente y debas consumir más medias. ¿Iluminación? Olvídate de un bombillo que dure 100 años encendido, no importa que exista, debemos crear uno que resiste 3000 horas para que compren más luces. ¿Te da pereza caminar? Bueno, ven te hago un carrito para que no te tengas que parar, ya que caminar es un enorme problema. ¿Pensar? para qué eso, mejor sigue la forma en la que todo el mundo piensa que debe vivir: Nace, ve a la escuela, saca un título, ostenta cosas frente a tus amigos, folla, ten hijos, trabaja, sigue ostentando, trabaja más, enférmate de tanto trabajar y de comer la porquería que la sociedad te provee, ve al médico y demórate en el lamentable sistema de salud de tu país, pelea con tus hijos, se infiel, sigue trabajando con ansias de jubilación, ve tv, muuucha tv, endéudate, trabaja para el banco. sigue viendo tv y comiendo porquería, enférmate nuevamente, toma pastillas para la impotencia, trata de volver nuevamente a ser joven, pierde toda esperanza, jubílate y pasa el resto de tus días cuidando las dolencias de tu vida, muere, y se olvidado...





Esa forma de vida, simplemente, me es inadmisible. Y como diseñador industrial e ingeniero, me siento profundamente decepcionado del mundo que lo que estudié, han ayudado a crear. Tenemos 15% más del alimento necesario para alimentar a toda la raza humana, y más del 50% de la misma padece de hambre. Tenemos todos los recursos para que las personas puedan ser saludables en la medida de lo posible, pero a través de un sistema que monopoliza y priva a la gente de obtener esos beneficios, destruímos a la humanidad poco a poco. Tenemos medios para crear transporte limpio, pero seguimos usando petroleo. Podemos comer mejor, pero seguimos consumiendo porquería y siguen creando porqueria para nuestro consumo (En el supermercado no tomamos "leche" sino "bebida lactea sabor a leche", o el chocolate de las galletas ya es "crema sabor a chocolate". Las latas de atún no dicen "lata de atún", sino "latas con 60% de contenido de atún"...), y aparte de eso, poseemos una variedad prácticament infinita de plantas y vegetales, pero creamos unos organismos "perfectos" y modificados genéticamente para que no den semillas y obliguen a los sembradores a comprar los bultos de semilla, mientras prohibimos la siembra de semillas nativas porque le pertenecen a alguien... ¿A alguien?  ¡La natualeza no le pertenece a nade! El hombre es un ser consecuencia de la naturaleza, hace parte de ella, interactúa con ella, ni la posee, ni la domina, ni debería destruírla, como actualmente lo hace. El diseño ha creado una sarta de objetos que solucionan problemas que no tenemos, y la publicidad ha creado un mundo donde esos objetos deben ser consumidos para ser felices y si no lo haces, serás segregado, pero si por casualidad sigues ese mundo, lo que consumas y uses estará en detrimento de tu calidad de vida, de tu salud física y mental, y sobre todo, de la existencia de la especie en general.



Algunos notarán un claro aire de enojo en este texto, y me dirán que tal vez estoy ignorando cosas del mundo que son bellas y que hacen la existencia más feliz y llevadera, pero háganse esta pregunta y respóndanla con sinceridad: ¿Creen que el mundo va por un camino que fortalezca a la raza humana, le permita obtener su pleno potencial, y al mismo tiempo, conserve la naturaleza que le da sustento? Creo que, en lo más profundo de nosotros, sabemos que eso es falso, que vivimos en una falacia, en un constructo que más que ayudarnos, nos violenta. Que nos da un falso nivel de seguridad, pero nos obliga persuasivamente a tomar ciertas decisiones. El solo hecho de pasar por el lado de una persona que sufre en la calle por hambre, y no inmutarse ante eso, implica que nos hemos convertido en indolentes, una cualidad necesaria para sobrevivir en un mundo como el que creamos. Yo, personalmente pienso, que esta no es la vida que quiero llevar, y la rechazo. Rechazo tener que consumir alimentos que me destruyen, rechazo tener que comprar productos que me den un falso status o que solucionen necesidades que no tengo. Rechazo tener que ser indolente para vivir en este mundo. Rechazo tener que destruír a la naturaleza en pro de mi subsistencia cuando puedo vivir en equilibrio con ella. Rechazo tener que lucir un cuerpo de X o Y manera porque las revistas así lo muestran. Y sobre todo, rechazo la forma en la que me han dicho que debo vivir, porque cada quien es libre de construír su vida como le plazca.

¿Cual es la solución entonces para este dilema? Tal vez, esté precisamente en aquellas profesiones que han traicionado a la humanidad: el diseño y la publicidad. Tal vez, el problema, surge de la dirección en la que vamos.

Fin de la primera parte

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miércoles, abril 10, 2013

La relación hombre – máquina: análisis histórico

Las máquinas, como evoluciones formales de las herramientas, han estado con nosotros desde el inicio del desarrollo cultural. Primero como extensiones de los seres humanos, y luego como artefactos independientes de la manipulación del hombre.

Los artificios han acompañado al homo sapiens no solo en su desarrollo tecnológico, sino incluso en su conciencia mítica: Vulcano, forjador de las armas de los dioses, tenía a su mando marionetas de oro que le ayudaban en su labor; en la literatura judía tenemos la figura del golem como ente animado por poderes adquiridos gracias a la cercanía con Dios; Pigmalión y Galatea son los protagonistas del mito griego de la primera mujer que cobra vida de una estatua; Ícaro y dédalo, actores principales en los que la relación con la máquina cobra un final trágico… Esa conciencia mítica da pie a personas tan brillantes como Leonardo Da Vinci a crear artilugios mecánicos, aunque muchos no funcionales, sí inspiradores para una gran cantidad de inventores que crearon otro sinfín de artilugios mecánicos como los autómatas de Jacques de Vaucanson. Pero, a pesar de que las máquinas siempre han acompañado al hombre, no se han relacionado de la misma manera a través del tiempo con él.

Para estudiar la forma en la que los individuos han interactuado con los artilugios, podemos dividir la historia en 4 etapas (A partir de las divisiones hechas por el autor Alvin Toffler en su libro “La tercera ola”).

En la primera etapa, el humano se relacionaba de manera simple y directa con sus herramientas: flechas, lanzas, hachas rudimentarias y cuchillos, eran los artificios comunes de esa época, así como los palos, lianas, algunas pieles y vasijas. Desde el punto de vista netamente funcional, la relación “hombre - máquina”, o en este caso “hombre – herramienta” era determinada por la experiencia, la prueba y el error, y la acumulación lenta de conocimientos para optimizar el uso de la energía.

Cuando el hombre conoció la agricultura, se volvió sedentario, lo cual multiplicó las posibilidades de innovación, y a su vez, lo hizo entrar en una segunda etapa histórica. Surgieron los establecimientos ciudadanos, los pueblos, luego las villas, y finalmente los inicios de las ciudades. Los registros históricos pueden dar pie de la cantidad de innovaciones en cuanto a mecanismos, ciencia, técnica y tecnología: el inicio de la documentación de los conocimientos, su reproducción, la evolución de la técnica para dar paso al método científico, una enorme época de oscurantismo en el continente europeo mientras en el americano las tribus indígenas desarrollaban conocimientos en astronomía, agricultura, tejidos, e incluso cañerías.

Y con el renacimiento, la ilustración, la época de las luces, los burgos, la industria y el comercio, se empezó a cocer el caldo de cultivo de la tercera etapa de la historia, la revolución industrial. Se llamó revolución porque, en efecto, transformó de manera radical la forma en la que vivíamos, consumíamos, y percibíamos la existencia. Soportada en el modernismo, y con la idea de “progreso”, la revolución industrial explotó  todo el potencial del capitalismo de producción y, asimismo, la cantidad de artilugios técnicos necesarios para la producción en masa de artículos de consumo masivo. Como era de esperarse, esos artilugios necesitaban una mano humana que los administrara y les diera guía en las plantas de manufactura. Y también, como lo relata la historia, los seres humanos pasaron a ser repetidores de movimientos, indefinidos, insertos en la cadena de montaje. Los artilugios generaban movimientos iguales durante largos periodos de tiempo, y el ser humano, como cuerpo biológico y manipulador de estos artilugios, está lejos de ser un dispositivo de repeticiones sucesivas. En ese momento, la relación entre el hombre y la máquina se transformó, pasando de ser una relación directa y apoyada en la prueba y el error, a ser una relación mediada por el entrenamiento, y soportada por la repetición. Esto trajo consigo toda una serie de fenómenos sociales, culturales, existenciales, y sobre todo, objetuales. Basta con ver la película “Metrópolis”, donde el director de la cinta, de la mano de Charles Chaplin, caricaturizan con cierto nivel de crudeza y sarcasmo, la dirección del progreso humano: para que el trabajador rinda más en su labor repetitiva, carente de estímulo creativo, deshumanizadora, y a la que los obreros acuden como ovejas en un rebaño, el dueño intenta conseguir una máquina que les dé de comer mientras trabajan, para que no tengan que reducir la producción a la hora del almuerzo. Obviando la evidente crítica del capitalismo de producción, que pone el capital por encima del individuo violando sus principios fundamentales e ignorando que la existencia del sistema es para facilitar la vida de todos los seres humanos y no solo de unos cuantos, también podemos observar un enorme malestar en la cultura, consecuencia de la explosión industrial.

Recordemos que las líneas de montajes, que requerían una enorme cantidad de obreros, desplazaron grandes masas de personas desde el campo a la ciudad con la promesa vana de un futuro mejor (La revolución industrial estaba basada en la idea del progreso modernista, que fue un fracaso histórico), creando grandes urbes y cinturones de pobreza enormes en ellas. Sin embargo, ese malestar, como cualquier otro, sirve de aliciente para crear transformaciones, y la revolución industrial no lo fue para menos. Al brindarle la posibilidad a una gran cantidad de personas (ciudadanos, habitantes de la “metrópolis), de acceder a objetos de consumo, como electrodomésticos, ya no hablamos de una relación hombre – máquina mediada por el entrenamiento, sino masificada, hiperexplotada, superdesarrollada, impulsada por el consumo, y mantenida por la novedad. Esta serie de artefactos que inundaron la cultura, fueron creando un sedimento artefactual, una impronta, que de alguna manera le decía a las personas cómo debían usar los objetos futuros que compraran, gracias a que en el pasado habían tenido un objeto similar, que funcionaba de manera parecida. Tenemos entonces que la revolución industrial y su devenir, caricaturizado por Chaplin en “Metrópolis”, masificó la interacción hombre – máquina, pasando de ser conocimiento de unos pocos, a necesidad de la masa.

Acá vale la pena hacer otro tipo de análisis: ¿cómo se relacionan los hombres con los objetos recién creados? ¿Cómo es esa interacción? ¿Qué se derivó de la misma? La respuesta está en el diseño industrial. En el momento en que la revolución industrial empezó a producir objetos en masa, no solo se democratizó la técnica, sino que, a su vez, se democratizó la forma, pues todo objeto, aparte de su función utilitarista, posee una función comunicativa, soportada por dicha forma del objeto. Esta forma, o interfaz, es la superficie que el sujeto ve, con la que interactúa, y de la que observa respuestas o le comunica estados del aparato. Y resulta que, en el inicio de la revolución industrial, las interfaces tenían importancia poca o nula a la hora de la manufactura. Los objetos eran “feos”, carentes de formas que evocaran emociones positivas en los individuos, que dieran realimentación apropiada sobre su uso… y es así como la escuela de artes y oficios se dedicaría a mejorar la belleza de los objetos de consumo (Sin éxito, porque una de las cualidades de los objetos producidos en masa es su bajo costo gracias a la masificación del mismo, y los productos diseñados en la escuela de artes eran tan costosos que solo ciertas personas se podían dar el lujo de comprarlos. Sin embargo, es necesario nombrarlos porque sentaron un precedente histórico). La democratización de la belleza, como ellos lo llamaban, sentó un precedente que obligó, primero de manera tentativa y luego de manera directa, a reconstruir los productos de consumo masivo pensando en la forma en la que el usuario interactuaría con ellos, y cómo dicho usuario respondería ante algunos estímulos tanto internos como externos  del propio producto.

El diseño industrial se convirtió entonces en el encargado de garantizar una relación hombre -  máquina, lo más fluida posible. Y era necesario, pues las reglas del consumo habían cambiado: si en un principio, el usuario compraba un producto y era restringido por la poca cantidad de unidades que cada artesano podía producir del mismo (y también era restringido por el costo que el artesano ponía a su producto, partiendo de la idea de que era único en su clase), ahora, al tener una oferta mayor, podía decidir comprar una serie de artefactos, o no, y no dependía del artesano ni de sus productos exclusivos. Pasamos así, de una economía controlada por los productores, a una en la que el consumidor tenía la última palabra. El consumidor podía levantar una empresa en cuestión de días comprando todos sus productos, o podía destruir todo un imperio de productos decidiendo simplemente no comprarlos. El diseño tenía que hacer bien su labor, de eso dependía la supervivencia de las empresas productoras.


Esa necesidad de mejorar los productos y sus interfaces de comunicación (forma), fueron incubadas y experimentadas fuertemente en la Bauhaus, la primera escuela de diseño industrial del mundo. De esta escuela, surgieron propuestas de interfaces tan famosas como la de la “buena forma” (Que actualmente es la base de los electrodomésticos “Braun” y de la empresa “Apple”), que marcarían los desarrollos objetuales de ahí en adelante. Pero mientras el diseño avanzaba en las configuraciones formales-funcionales de objetos de consumo masivo, la tecnología avanzaba también a su ritmo, creando materiales nuevos, tecnologías de producción distintas, artilugios electrónicos como el transistor (que revolucionó el campo de la electrónica), y todo un sinfín de nuevas herramientas conceptuales que alimentaron al diseño en su tarea de mejorar la relación hombre – máquina, entendiendo máquina no como un trasto usado en la industria, sino como objeto. De hecho, el transistor, aparato diseñado en la época de los 50, fue la semilla de la cuarta fase de la historia de la humanidad. Con el transistor, la electrónica procedió a miniaturizarse y a aumentar el flujo de información que se manejaba en los artefactos creados hasta la fecha. Con la evolución de los chips (miles de transistores en una placa de silicio), los microchips, los microprocesadores y las ciencias electrónicas, surgió una nueva forma de interacción hombre – máquina, la interacción basada en la lectura de estados, soportada por el bagaje histórico de productos usados con anterioridad.


Pero ahí no acaba todo. Precisamente la miniaturización de la electrónica aumentó la potencia computacional de los dispositivos. Cosas que eran impensables a la fecha, se volvieron un acto cotidiano (como las calculadoras de bolsillo, que hacen operaciones que le costarían una gran cantidad de tiempo a alguien no muy versado en los números), dispositivos que tenían la misma potencia computacional que los computadores que enviaron al hombre a la luna, ya eran parte del diario vivir de los hogares; herramientas que antes eran del tamaño de una habitación completa (como el computador ENIAC y el UNIMAC) ya se ubicaban plácidamente en la mesa de cualquier casa. Esa miniaturización y aumento en la potencia computacional de los artefactos, les dieron características que en el pasado no tenían, como controles predictivos, displays indicadores, cierto nivel de autonomía frente al hombre que las manipula, y la capacidad de seguir órdenes ya más intuitivas y cercanas al pensamiento humano. En este caso, la relación hombre – máquina se daba gracias a la cantidad de conocimientos almacenados en el subconsciente de los individuos, de productos similares en el pasado.

Hablamos de artefactos que dan una cantidad relativamente alta de realimentación, para que el usuario tome las mejores decisiones frente a su uso. Y haremos una detención en la historia de la relación humano-máquina para hacer evidente una necesidad humana frente a los objetos. Cuando un humano se relaciona con otro humano, aunque no hablen los mismos idiomas, pueden llegar a entenderse con símbolos y signos rudimentarios gracias a que ambos comparten la misma naturaleza biológica, y están unidos gracias a un legado genético que los hace muy cercanos entre sí. Esta naturaleza biológica es un sedimento cultural-bioquímico compartido por todos los individuos de la faz de la tierra.  Y por otro lado, para entender el mundo, el hombre usa su capacidad de pensamiento y  deducción de patrones de comportamiento, usándose a sí mismo como elemento patrón; es decir, el hombre antropomorfiza el mundo para poder entenderlo, porque se entiende a sí mismo y busca similitudes en el exterior que le permitan entender el entorno a partir de sus propias emociones. Si el hombre tiende a antropomorfizar el mundo, era de esperarse que lo hiciera con los objetos, y los dotara de sentimientos, les diera forma “humanoide” (Los autos, por ejemplo, son diseñados de acuerdo con sus funciones, pero el frente siempre es diseñado tomando como referente formal el rostro de un animal superior o con rostro antropomórfico) y, sobre todo, tratara de interactuar con ellos como si en realidad fueran cuasi-humanos.

La panacea del diseño de interfaces es ser capaz de construir un objeto cuya relación con el usuario sea prácticamente igual a la de un ser humano con otro semejante. 

Y esta panacea está harto lejos de ser conseguida debido a que, hasta la fecha, ha sido imposible dotar a las máquinas del sedimento cultural que comparten todos los seres humanos por ser entes biológicos con características funcionales congruentes. Queremos objetos que claramente muestren su uso a través de su interfaz, que no necesiten instrucciones para ser usados, ni entrenamiento, y que, en la medida d lo posible, no sea necesario usar conocimientos adicionales para usarlo, salvo el bagaje adquirido a través del tiempo y de la manipulación de objetos similares. A este objetivo apuntaba, hasta hace poco, el diseño industrial a la hora de realizar interfaces  y tener en cuenta la relación humano – máquina.

Siguiendo con el desarrollo histórico de dicha relación,  la miniaturización y avances en las ciencias electrónicas y computacionales dotaron de aún más capacidades a los artefactos modernos, teniendo la posibilidad de incluso hablar con ellos, dejarlos funcionando prácticamente sin la interacción humana, prediciendo las posibles decisiones del usuario, recibiendo órdenes en forma “natural” (comandos hablados, por ejemplo), interpretando las intenciones humanas y reaccionando de manera preventiva en caso de un error accidental… es decir, pasamos de una interacción humano-máquina en la que se necesitaba el bagaje cultural de objetos similares, a una en la que la propia máquina interpreta al humano, y lo elimina de manera parcial del campo de decisiones. Lo que actualmente pretende el desarrollo de interfaces, no es precisamente hacer un objeto que sea de fácil lectura (aunque obviamente siguen existiendo herramientas rudimentarias, trabajos repetitivos, electrodomésticos que se entienden por entrenamiento, productos masificados, etc), sino un objeto que se comunique de  manera natural con el hombre, que sea capaz de reaccionar tal como lo hace otro ser humano, para evitar a toda costa la necesidad de adiestramiento del hombre frente al artefacto. De hecho, se trata de sacar al hombre de la relación con las máquinas, para que ellas funcionen de manera autónoma, y brinden al ser humano las necesidades que él requiera sin que deba existir una interacción continua y repetitiva.

¿Hasta dónde llegará esta relación? Los más optimistas afirman que las máquinas harán parte de nuestro organismo, eliminándose completamente la necesidad de esa relación, pues el vínculo es tan fuerte que no se pude identificar el uno del otro. Otros tienen una visión más pesimista, en la que se ve la tierra como una enorme bola de desperdicios, agonizante, en la que la relación hombre – máquina es de servilismo, y en la que se mantienen las divisiones sociales (ahora más marcadas porque la humanidad se dividirá en aquellos con recursos económicos para acceder a los beneficios que la tecnología puede proporcionarles, y los pobres, sin acceso a estas tecnologías y sin sus mejoras). Finalmente está la visión apocalíptica en la que se asume que el hombre será consumido por su propia idea de progreso, al acabar todos los recursos del planeta y no evitar a tiempo una catástrofe térmica global.

Sin embargo, el ser humano podría tener una esperanza. La tecnología y las máquinas, con sus componentes electrónicos y sus señales, son muy similares en función a algunos animales primitivos. Es de esperarse que, al ser las herramientas extensiones del propio cuerpo humano, lleguen a integrarse a este de manera tan cercana, que hablemos de una interacción hombre – máquina integrada en el mismo organismo, interactuando con otros objetos como si fueran extensiones de otros sujetos, y llegando a lo que se conoce en la ciencia ficción como la “singularidad”, el momento en que hombre y máquina son uno, y que se desdibujan los confines de la realidad e incluso la identidad individual. Suena a ciencia ficción lejana, pero si nos dedicamos a mirar de cerca el desarrollo tecnológico, vemos dispositivos cuya manipulación es a través de comandos de voz, que se integran a la visión del usuario sin necesidad de interfaz (como las Google Glass, o realidad aumentada), celulares táctiles cargados a través de la fricción corporal, redes de área corporal (Body Area Network), tecnología “vestible” (Wearable computing, como se le llama en los laboratorios), materiales con memoria de forma, redes de sensores inalámbricos, etc. Pasamos de una era en la que las máquinas eran accionadas de manera directa y basadas en la experiencia, a una en la que las herramientas hacen parte del propio cuerpo humano, en las que la interacción suele ser más que intuitiva, natural, y dejamos atrás a Chaplin en el manicomio, desquiciado por sus trabajos repetitivos con máquinas cuya realimentación es nula, lejos de la manada de ovejas que acude diariamente al matadero a hacer exactamente la misma labor durante muchísimo tiempo, y lejos de jefes que valoren más el dinero que el propio empleado. Es obvio que estas prácticas todavía existen incluso en la actualidad (Como es el caso de las ensambladoras de Apple), pero existe la esperanza de que la tecnología, a través de sus artilugios y de sus avances, pueda lograr el cometido para la que se ha desarrollado durante toda la historia de la humanidad: las máquinas existen para que el ser humano sea libre.



miércoles, diciembre 26, 2012

Redes de área corporal (Body Area Network)

Buen día.

Las redes de sensores inalámbricos y las vunet (redes entre carros) fueron temas de nuestro blog en anteriores entradas. Sin embargo, se me escapó hablar de otro tipo de redes que en este momento no se encuentran plenamente desarrolladas, pero lo estarán en un par de años (entre 5 y 10, desde la fecha actual). Estas redes son las "Body area network" o redes de area corporal.

Veamos un ejemplo sencillo: Tenemos un reloj puesto, que aparte de darnos la hora, puede indicarnos nuestra frecuencia cardiaca, temperatura corporal, y humedad ambiental. Este reloj también puede tener incorporado un GPS que nos indica cuántos kilómetros hemos recorrido en una mañana de trote, e incluso nos puede mostrar lugares que querríamos visitar si tuviéramos sed. Y ahora, este reloj le comunicará toda esa información a nuestro celular, que está en nuestro bolsillo, y nuestro celular, a su vez, lo visualizará a través de nuestras gafas de realidad aumentada. Digamos también que tenemos unos zapatos que en cada pisada, generan un poco de corriente eléctrica que nos permite cargar la batería de nuestro celular, y que cuando esa batería tiene cierto nivel de carga, los zapatos le indican a nuestro celular que la batería está lista.
Ahora, digamos que en el camino, nos encontramos con un amigo al que le damos un apretón de manos y un saludo, y cuando lo hacemos, nuestro celular se comunica con el de él, y nos transmitimos nuestras novedades de la red social de nuestra preferencia, o recordamos los datos de contacto de la persona, o nos suscribimos a su twitter. Cuando llegamos a casa, ponemos nuestro celular al lado de nuestro pc (sea portatil o de escritorio) y todas las novedades se transfieren a un software que nos indica cuánto recorrimos, cuántas calorías quemamos, qué velocidad mantuvimos, y los datos del compañero que saludamos. Eso es una BAM.

BAM médica


Ahora, desde un punto de vista más técnico, las BAM son redes de transferencia de información entre dispositivos que se encuentran en un radio corto de distancia. Se les llama Body Area Network porque su utilidad principal es la de conectar dispositivos que se encuentran diseminados por todo nuestro cuerpo, como este reloj (que por cierto, existe), nuestro celular, las gafas de realidad aumentada, y nuestros zapatos. Pueden haber otros dispositivos en el rango, como ropa inteligente, implantes corporales (marcapasos, válvulas, etc) e incluso nanobots que usen esta red para su alimentación eléctrica. Si otro usuario ingresa en nuestro "campo de red", puede transferirnos información de determinado tipo que queramos obtener y que el otro usuario permita que se transfiera. Y aún más, nuestros dispositivos pueden conectarse de manera instantanea con otros dispositivos que tengan la función de BAM (como por ejemplo tecnología en nuestro hogar: computadores, neveras, tablets, etc) para alguna determinada labor.

¿Por qué hablo de las BAM? Porque serán una tecnología reinante en el futuro venidero. Con la aparición de tecnologías como la NFC (Near field communication) que se está usando para hacer pagos desde celulares, mayor cantidad de dispositivos con dicha tecnología, y dispositivos de realidad aumentada como las google glass (Me han visto hablar mucho de ellas, y con mucha razón. La próxima revolución en la información se dará gracias a ese dispositivo), las BAM se establecerán como nuevas redes con sus propios protocolos de conexión y sus propias reglas de transferencia, e incluso, se usarán para vender nuevos dispositivos, algo así como "Nuevo reloj XXXX, compatible con tu red BAM".
 
Ejemplo de una BAM
La cyborgantropología habla de la importancia del avatar virtual para las sociedades actuales gracias a las redes sociales y los dispositivos inteligentes. Dentro de poco, hablaremos de la importancia de proteger nuestra BAM y enriquecerla con elementos de realidad aumentada que nos hagan ver, no se, más interesantes, más inteligentes, más cultos... como aplicaciones que giran alrededor de nosotros y que solo pueden verse a través de las gafas de realidad aumentada de otros. Así como solo puedes ver el perfil de una persona a través de un computador, solo podrás ver la BAM de alguien con gafas de realidad aumentada. ¿Ven? Estamos hablando de otra revolución comunicacional. Menor, pero igual revolución, porque alterará la manera en la que vemos la realidad y como la configuramos. No es coincidencia que haya escrito un ensayo sobre la realidad aumentada y el diseño industrial: el mundo objetual como lo conocemos empezará a modificarse para dar paso a la realidad aumentada, y las BAM serán una parte fundamental en ese proceso.

Realidad aumentada alrededor de una BAM


Enlaces relacionados
Los sentidos del futuro: Las redes de sensores inalámbricos
Redes entre carros: Vunet
Cyborgantropolo...¿Qué?
La realidad aumentada y el diseño industrial (Escrito original y escrito publicado internacionalmene en Foroalfa.org)

viernes, diciembre 11, 2009

Tensión utópica: la liberación del ser a través de los objetos




Este es un ensayo que relaciona la electrónica y la tecnología, con el diseño, exactamente el diseño industrial.


“Y al principio, todo fue curiosidad”[1] y caos. Los átomos, moviéndose de manera caótica en el espacio, interactuando entre sí a través de las fuerzas fundamentales, forman moléculas, que, también azarosamente, interactúan entre sí dando pie a macromoléculas que se ensamblan y afectan a otras moléculas, que a su vez construyen otras macromoléculas en un ciclo de inestabilidad-estabilidad… A eso lo llamamos ADN. Y esa pequeña pieza de información da pie a todo un organismo completo, complejo, multifuncional y dotado de razón, que en su búsqueda de perfección (o estabilidad tal vez), modifica todo su ambiente, adaptándolo a sus necesidades cambiantes y caprichosas. Y todo empezó con un conjunto de átomos azarosamente distribuidos y caóticamente móviles. De la misma manera, el obrar humano, carente de manera superflua de razón y de dirección, forma una macroestructura que desemboca en sociedades, en ideas y en conocimiento, que es sublimado en objetos diversos… objetos que modifican a su vez al hombre y a esa macroestructura. La dirección del ser humano, impulsada por el caos, tiene un propósito. Y los objetos, como manifestación del hombre, son una radiografía de su pasado, y una esperanza para su futuro. “la gente tiene una conciencia históricamente moldeada”[2] Pero, ¿hacia donde va el hombre?


Si nos apoyamos en el futuro, vemos que todo elemento actual de los objetos, todo concepto, toda idea, está apoyada en pilares de conocimiento y experiencia que surgieron en un pasado, no como la consecuencia de un plan cuidadosamente ideado, sino como un conjunto de eventualidades que cobran significado en cuanto el hombre adhiere una finalidad a dichos acontecimientos. Y esa finalidad, sobre todas las cosas, escrita en el código genético anteriormente mencionado, insta por sobrevivir, por evolucionar, por ser mejores, por alcanzar la perfección a través de la curiosidad y la adquisición de conocimiento. Las manifestaciones actuales de los objetos no son más, y no serán más, que deseos humanos cristalizados, necesidades humanas satisfechas a través de la forma. Es de esperarse entonces que esta misma línea de acción se mantenga constante, materializando deseos en sustancia. Pero estos deseos, bases del humano sensible, pueden incluso engullir al creador de aquellos, sumiéndolo en un mundo inexistente al compararlo con el real. La virtualidad y la inmaterialidad, como lo sustenta Rodolfo Llinas en su libro “El cerebro y el mito del yo”[3], pueden convertirse en un aliado en la supervivencia del hombre, o en el catalizador de su propia destrucción. La época del satur-ethos, el hombre aturdido por la información y los sentidos, puede ser una consecuencia de esta virtualidad a la que el hombre tenderá inevitablemente por su deseo de control y de manifestación de su interioridad. Pero también sería incongruente imaginar que esta virtualidad, basada en medios de comunicación, en intercambio social, en videojuegos y en mundos alternos creados por otros hombres, no afectará la realidad material. De hecho, el hombre mismo, en su afán de imitar estos mundos deseados, tiende a modificar el mundo para que este evoque las emociones que su imaginación, y la virtualidad misma, le generan.


Estos espacios efímeros, espacios que cambian de acuerdo a los deseos del usuario, no son algo nuevo. Desde la época del homo curius, cuando a los objetos se les aceptó una función visual, la sensi-mimesis se impuso sobre el objeto: Estos no solo cumplen una función material, sino que a través de su forma y sus accidentes, me evocan una emoción que refuerza su función, aunque esa forma sea similar a otras formas naturales no creadas por el hombre, o se parezcan a otras artificiales que conllevan otro tipo de emociones asociadas. Cuando esta particularidad de asociar emociones a los objetos a través de la forma de otras cosas se impone, el hombre se da cuenta que no solo quiere una pieza que cumpla una función, quiere una pieza que lo haga sentirse bien, que lo haga sentirse como él desea sentirse… y a través de esa búsqueda de sensaciones, trata de abstraer las formas de las naturaleza, y trata de encontrar la esencia misma de la forma. Es curioso cómo el hombre, en su artificialidad social, siempre se remite a la naturaleza, sea para imitarla, sea para explotarla o sea para extraer elementos de la misma. La simetría, que es alabada en la época bionic-isogea, sostenida por la geosinergia, cuando el homo logos es capaz de abstraer del mundo figuras fundamentales y elementales, es una manifestación de ese deseo de alcanzar nuevamente a la naturaleza. Si el hombre, a través de su artificio, abstrae la naturaleza, no es extraño que en un futuro no solo la use, sino que la reproduzca en sus objetos. En la tronicósfera, es de esperarse entonces una fusión natural-artificio, una simbiosis entre lo biótico y lo abiótico. Que los objetos puedan nacer de la tierra no será algo extraño, que puedan ser autosuficientes, reproducibles por medios no industriales, incluso, que puedan “morir”, para dar pie a otros objetos más evolucionados que corrigen los problemas del objeto que los precedió, es una perspectiva un tanto idealista, pero no imposible. Los avances en la biotecnología y la nanotecnología han hecho posible diversas simbiosis entre objetos artificiales, como microchips, y células vivas, como neuronas.


Pero la nanotecnología no solo se detiene en este punto. Esta ciencia, a la que con ciertas reservas defino como la “pequeña mano de Diós”, tiene una finalidad mucho más trascendente que la imaginada por los actuales diseñadores. Pequeñas máquinas, capaces de ser ensambladas de cualquier manera estructural, cambiando propiedades de diversos materiales con solo impulsos eléctricos o modificaciones mecánicas de las estructuras moleculares (como pasa con los nanotubos[4] de carbono), da pie a la sorprendente ausencia de forma, que al mismo tiempo es la manifestación de todas las formas imaginables. Suponer que cada partícula de un objeto tiene la conciencia suficiente para poderse mover y adoptar la posición que desee, significa pensar que cualquier objeto compuesto de estas estructuras puede adoptar infinidad de formas, que dependerán en última del deseo del usuario. Son como manifestaciones microscópicas de mecaquimeras, surgidas en un pasado lejano a través del homo logos, que pudo percibir la posibilidad de desligarse de la naturaleza para hacer creaciones propias basadas en la ciencia y la experiencia. Tener un objeto que puede tomar la forma de cualquier objeto nos hace pensar en que no diseñaremos “cosas”, sino sustancias objetuales multiformales y multipropósito. Esto plantea una dificultad fundamental que parte del hecho de que el hombre reconoce los objetos por su forma, y les da un nombre por la forma misma. ¿Qué sucederá con la capacidad proyectual del individuo al tener una sustancia omniformal?


Los objetos siempre han retroalimentado al hombre, lo han transformado y han hecho surgir nuevas necesidades, han modificado su percepción del mundo, y en últimas han desarrollado su inteligencia al enriquecer el metalenguaje que controla las relaciones humanas con otros humanos y con el mundo que lo rodea. Anthony Smith, en su libro “La mente”[5], explica cómo el lenguaje, al igual que la motricidad manual, fueron detonantes en el desarrollo del cerebro y de la inteligencia humana. No nos equivocamos al afirmar que los objetos realimentan y estructuran la inteligencia humana. Y no nos equivocamos tampoco al decir que, con la necesidad humana de exteriorizar su interior, y con la necesidad de interactuar con los objetos (función indicativa enriquecida), intente sublimar o crear una inteligencia externa a él con la que se pueda relacionar… una inteligencia fuera de lo natural del ser, una inteligencia imitativa, es decir, una inteligencia artificial. De hecho, el ser humano está desarrollando la ciencia de la inteligencia artificial para poder crear interfaces amigables con el usuario, como si, de alguna manera, pretendiera no solo usar los objetos y entender cómo funcionan, sino que también quisiera interactuar con ellos, comunicarse…


Un objeto con emociones, cuya función indicativa no solo manifieste los modos de uso, sino que a través de estados de “animo” muestre su funcionalidad, su durabilidad, su tiempo de vida, es una realidad esperada. Y que no solo manifieste características de su ser, sino que también sea una creación de su usuario, que su “personalidad” sea la que el dueño desea que sea, y que a través de la misma pueda comunicarse con otros objetos para comportarse como una unidad estructural, como un macro-objeto fraccionado en piezas funcionales… un objeto de esa manera redefiniría y nos recordaría la gestalt: “el todo es mayor que las partes que lo componen”


Esta multifuncionalidad de objetos comunicados entre si no es una idea suelta. Actualmente, los desarrollos en comunicación inalámbrica, y en algoritmos de manada (algoritmos que le permiten a una cantidad inmensa de máquinas trabajar en funciones particulares en pro de una función común, como las hormigas) están dando frutos en estudios de diversos robots distribuidos en una casa, comunicándose entre si como una unidad, y dando órdenes a diversos electrodomésticos para satisfacer los deseos del usuario. La comunicación inalámbrica, junto con la virtualidad y otras manifestaciones tecnológicas, es lo que Thomas Friedman llama “los esteroides: Digital, móvil, personal y virtual”[6]. La manifestación y exteriorización de los deseos humanos escala un paso más allá, y se convierte en la manifestación del pensamiento humano en pro del mismo ser humano. “No podemos saber si el hogar electrónico se convertirá realmente en la norma del futuro. Sin embargo, ah de comprenderse que, si a lo largo de los próximos 20 o 30 años realizara este histórico nada mas que entre el 10% y el 20% de la fuerza de trabajo tal cual como actualmente se haya definida, nuestra economía, nuestras ciudades, nuestra ecología, nuestra estructura familiar, nuestros valores e incluso nuestra política, se verían modificadas hasta resultarnos irreconocibles”[7]


Estos robots, intercomunicados entre si, no son solo un amasijo de motores y cables. En realidad, la forma de los mismos está acercándose de manera peligrosa y excitante al mismo tiempo, a formas muy conocidas por nosotros, como las formas de nuestra mascota, de nuestro héroe favorito, de nuestro mejor amigo, de nuestra amante… Estamos antropomorfizando a los objetos porque ellos no solo significan lo que hacen y lo que nos evocan, sino que a su vez pueden tener incluso emociones más profundas asociadas a si mismos. Nada raro pensar en esto, si hacemos la referencia a los objetos rituales, en el mito-gonos, en el que las cosas que nos rodeaban podían imbuirse de poder, de protección, de fortaleza, de tranquilidad. Y si hacemos un símil apropiado, a nuestros seres queridos los imbuimos con tranquilidad y con comodidad, a nuestros héroes los imbuimos de poder, de fuerza, a nuestros amantes los imbuimos de deseo, de pasión. Los otros seres humanos cumplen funciones totémicas para nosotros, de la misma manera en que un objeto puede cumplirlas. Y qué fácil puede ser para ese objeto seguirlas cumpliendo cuando no solo cumple una función, sino que te referencia a esa persona o animal que quieres, respetas o deseas.


Toda esta construcción objetual se asemeja a la creación de una estalactita y una estalagmita. Las acciones humanas, insignificantemente pequeñas en comparación con el devenir histórico, aportan un pequeño elemento casi imperceptible en la globalidad, así como cada gota aporta una ínfima cantidad de materia para la estalactita. Todo este desarrollo, impulsado por el deseo humano de perfeccionarse, aprender y sobrevivir, es el que le da forma a toda esta globalidad a la que cada ser aporta, de la misma manera como la gravedad se encarga de impulsar las gotas de agua con material mineral siempre hacia abajo. Al final, luego de gran cantidad de tiempo, y de aportes minúsculos de hombres, de gotas, se percibe una globalidad formada, una estructura social, una intención clara, y un fin tal vez no tan claro pero al menos direccionado por las acciones del pasado, una estalactita madura.

Toda esta capacidad multiformal, autodecidida, autoformada, autoreproductiva, antropomorfizada, virtual-real… hace ver al hombre como el artífice de su propia superioridad, remite al mito creacionista del hombre creado del barro, salvo que ahora no es Dios quien toma el barro, sino el mismo hombre, y no es barro, es esa sustancia multiformal creada a partir de la nanotecnología. “La tecnología nos hará libres”[8]. Si estos objetos nos liberan de las obligaciones de trabajo, de la preocupación de nuestras necesidades ¿Qué queda del hombre?, un conjunto de deseos y de sueños. Es el hombre liberado a través de los objetos para autorealizarse, para expresarse con completa libertad hacia lo que quiere ser y hacer. Y esto, no es ni bueno ni malo, como no lo es la ciencia o los objetos. Es la intencionalidad humana la que direcciona las creaciones artificiales y naturales controladas por él. Y siendo el hombre tan ambiguo, tan egoísta pero a la vez tan altruista, esta liberación lo sumirá en una posible tensión, de hacer lo que desea o de hacer lo que piensa, de hacer lo bueno para si, o lo malo para si, lo bueno para todos, o lo malo para todos. Si tengo la capacidad y posibilidad de decidir lo que sea, ¿Cuál es mi marco de referencia en el que debo basarme para actuar? ¿Cuáles son los muros que me permiten construir más alto? ¿Cuáles son las limitadas notas musicales que me permiten crear hermosas sinfonías? Es cierto que el hombre puede llegar a liberarse a través de los objetos que crea, pero, la pregunta gira en torno a si es capaz o no de soportar la tensión de la libertad misma, pues tenerlo todo, en muchos aspectos, es similar a no tener nada.

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[1] ASIMOV, Isaac. Introducción a la ciencia, ciencias físicas. Editorial Muy interesante. 1985, p13.
[2] GADAMER, Hans-georg. Verdad y método. Editorial Sígueme. 1960.
[3] Llinas, Rodolfo. El cerebro y el mito del yo. Editorial Norma. 2003.
[4] Un nanotubo de carbono tiene la propiedad de, cuando se tuerce su estructura molecular, pasar de ser un aislante a un superconductor
[5] SMITH, Anthony. La mente. Editorial biblioteca científica Salvat. 1986
[6] FRIEDMAN, Thomas. La tierra es plana. Editorial MR. 2005. p172
[7] TOFFLER, Alvin. La tercera ola. Editorial Plaza y Janes. 1984, p245
[8] BACON, Francis. La nueva Atlántida. Editorial Zero. 1971.


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